Mi gran amigo el pollo
En una casa modesta vivían seis personas: Mireliz, Mariela, Marilis, Máximo, Yohanser y Samuel. Además de ellos, también había varias mascotas, entre las cuales se encontraba un pollito llamado Chigui. El dueño del pollito era Samuel, el más joven de la casa, quien lo había adoptado cuando lo encontró abandonado en la calle.
Chigui era un pollito muy especial, porque se adaptaba a la vida en la casa junto con las demás mascotas. Pasaba sus días explorando el patio, correteando junto a los perros y durmiendo en un pequeño nido que había construido en la casa. Samuel estaba muy feliz de tener a Chigui como su mascota, ya que le encantaba verlo interactuar con los demás animales de la casa.
Pero un día, mientras jugaba en el patio, Chigui se sintió un poco extraño. No tenía hambre y no quería jugar con los demás animales. Al día siguiente, su condición empeoró y Samuel decidió llevarlo al veterinario. Después de una revisión exhaustiva, el veterinario le informó a Samuel que Chigui estaba muy enfermo y que probablemente no sobreviviría.
Samuel estaba muy triste y preocupado por Chigui. Pasó todo el día a su lado, acariciándolo y dándole de comer. Chigui se veía muy débil y no podía moverse. Pero a pesar de su debilidad, Chigui seguía siendo un símbolo de amor y de amistad para todos los habitantes de la casa.
Al día siguiente, Chigui falleció. Todos los animales de la casa se acercaron a despedirse de él y Samuel lo enterró en el patio, cerca de un árbol frutal que a Chigui le gustaba mucho.
Aunque su vida fue corta, Chigui dejó un gran impacto en la casa y en la vida de Samuel. Él aprendió que, aunque no pudo hablar, Chigui demostró su amor y cariño de muchas maneras diferentes, como compartiendo con los demás animales y adaptándose a la vida en la casa. Chigui enseñó a todos que se puede amar sin necesidad de decir una sola palabra y que la vida es muy valiosa, aunque dure poco