De la persuasión a la manipulación
Siempre que un alumno o alguien que conozco me dice que algo es malo —por ejemplo, hoy es muy
común escucharlo sobre la Inteligencia Artificial—, suelo debatir y afirmar que las cosas, en sí mismas,
no son buenas ni malas. Es la persona que las utiliza quien les da un significado y determina el uso que
tendrán.
Casi siempre les doy el mismo ejemplo. Imagina este lápiz. Yo puedo usarlo para escribir un
maravilloso libro de poesía, hablar de lo hermoso que es vivir y transmitir esperanza a otras personas; o
bien, puedo utilizar ese mismo lápiz para herir gravemente a alguien, clavándolo en su cuerpo o
lanzándolo hacia su rostro con la intención de lastimarlo.
Y el lápiz no se vuelve más bueno ni más malo después de eso. Soy yo, como ser humano, quien decide
la acción y quien demuestra, a través de ella, de qué está hecho realmente.
Prohibir la Inteligencia Artificial sería tan ridículo como prohibir los martillos o los cuchillos en el
mundo solo porque existe la posibilidad de que alguien —o incluso muchos— los utilicen para dañar a
otros. Lo lógico sería tratar —y digo tratar porque es mucho más fácil decirlo que hacerlo— de educar
y guiar a las personas para que aprendan a convivir en sociedad, respeten ciertas reglas básicas y
comprendan que la libertad también implica responsabilidad.
Muchos autores han escrito sobre el tema que hoy abordo en este libro. La mayoría lo ha hecho con la
intención genuina de que sus textos sirvan como guía, referencia o material de consulta para ampliar el
conocimiento de quienes los leen. Sin embargo, una vez que esos libros llegan a una librería o a una
plataforma digital y son adquiridos por un lector, puede suceder —y de hecho ha sucedido muchas
veces a lo largo de la historia— que esa nueva información sea utilizada con fines poco éticos o incluso
destructivos.
La historia humana está llena de ejemplos similares.