Dejar de Rogar

Español

Ramiro llegó a casa a las ocho y diez, con las manos ocupadas de

bolsas y la cabeza ocupada de cuentas. Abrió la puerta con el

codo, como hacía desde hacía años, y el departamento lo recibió

con su respiración de siempre: el murmullo del televisor, el brillo

azul de una pantalla, el olor a nada.