LA MENTIRA DE EVA
A mis treinta y cuatro años, había alcanzado la cúspide de mi carrera como editora de thrillers psicológicos. Mi trabajo consistía en diseccionar la traición humana, en encontrar el punto ciego de la moral y explotarlo. Era la arquitecta de los giros inesperados, la ingeniera del pathos. Mi regla de oro era simple: la realidad es aburrida, pero la ficción, cuando se aplica con precisión quirúrgica, es adictiva.
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