La trampa de lo conocido
Habitar lo nuevo no es llegar a un lugar cómodo.
Es permanecer en un territorio que todavía no se siente propio.
Cuando un camino nuevo empieza a formarse,
el cuerpo entra en una zona desconocida.
Ya no está en lo viejo,
pero tampoco se siente en casa en lo nuevo.
Ese espacio intermedio suele vivirse como incertidumbre.
Lo nuevo no se siente estable al principio.
Puede percibirse frágil, inseguro, incluso amenazante.
No porque sea peligroso,
sino porque el sistema nervioso no tiene referencias previas.
El cuerpo busca señales conocidas para orientarse
y, al no encontrarlas,
puede activar ansiedad, dudas
o el impulso de volver atrás.
No porque lo nuevo esté mal,
sino porque todavía no fue habitado el tiempo suficiente
como para volverse familiar.
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