LA VEREDA DE LOS MUERTOS Libro II: El Nombre del Traidor

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La Saga continúa

La vereda siempre había sido tierra, monte, camino, agua. Pero la noche en que Don Jacinto murió, algo cambió. La tierra dejó de ser suelo. El monte dejó de ser sombra. La quebrada dejó de ser agua.

Todo empezó a mirar.

Primero fueron las marcas en el patio, largas y oscuras, como dedos que buscaban salir. Luego fue la quebrada, que habló como si tuviera boca. Después el monte viejo, que mostró recuerdos que ningún vivo había visto. Y finalmente la casa, que respiró como si tuviera alma.

La muerte de Don Jacinto no fue un hecho aislado. Fue un llamado.

Un llamado para quien debía escuchar. Un llamado para quien debía ver. Un llamado para quien debía cargar la verdad.

Y esa verdad no estaba enterrada. Esa verdad estaba viva.

La vereda abrió los ojos. Y ya no los va a cerrar.

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