Lo que cuesta querer a alguien
En tu casa aprendiste a preguntar cuánto cuesta todo. El pasaje, el
plato, la marca del arroz. Nadie te enseñó la otra pregunta, la única
que cambia algo: no cuánto cuesta, sino cuánto vale.
Yo tampoco la sabía, hasta que una mala compra se llevó mis ahorros y
tuve que pedir en casa lo que mis padres ganaban en un mes. Lo que vino
después, una infección que no me alcanzaba para tratar completa,
terminó de enseñarme lo que nadie me había explicado.
Esto no es un manual de finanzas. No hay fórmulas ni promesas de
libertad financiera. Es lo que me pasó y lo que entendí después.
Para quien vive con sus padres, siente que está en deuda con ellos, y a
quien le da vergüenza pedir y más vergüenza necesitar.
No te va a enseñar a ganar dinero. Te quita de encima lo que te impide
siquiera empezar.