Lo que la marea no se lleva
Inés Valdés lleva quince años devolviéndole la vida al papel: repara, cose y limpia libros que otros dieron por perdidos. Lo que no sabe es reparar la suya. A los treinta y siete años, tras un divorcio sin ruido y un trabajo que ya no le sorprende, recibe una llamada inesperada: su abuela Pepa, a quien no visitó en sus últimos años, le ha dejado un taller de encuadernación en el casco antiguo de Cádiz, con una condición escrita en el testamento: pasar allí un invierno antes de venderlo.
En la puerta de al lado trabaja Mateo Aranda, carpintero de ribera, viudo, padre de una niña de nueve años que ha aprendido a no preguntar por su madre. Mateo guardaba su madera en el patio del taller por un favor antiguo de Pepa, y no está dispuesto a perderlo sin dar la cara.
Entre las humedades del taller, los cuadernos de cuentas de una mujer que lo sabía todo y un mar que lo recuerda todo, Inés y Mateo descubrirán que quedarse es más difícil que huir, y que amar a alguien a los cuarenta es, ante todo, un acto de valentía cotidiana.
Una novela sobre la herencia, el duelo, los oficios que se heredan con las manos y la segunda oportunidad que casi nunca llega cuando la esperamos.