"NADIE NACE CON UNA ARMADURA"
Los hombres también nacen con el corazón abierto.
Ningún niño llega al mundo sabiendo esconder lo que siente.
Los primeros años de la vida están llenos de lágrimas sinceras, risas
desbordadas y abrazos que no conocen la vergüenza.
Un niño llora cuando tiene miedo, cuando se lastima, cuando
extraña… Cuando necesita consuelo.
Y, apenas unos minutos después, vuelve a reír con la misma
intensidad.
Todavía no sabe que algún día le enseñarán a contenerse.
Todavía no sabe que habrá emociones consideradas aceptables y
otras que comenzarán a incomodar a quienes lo rodean.
Todavía no sabe que el mundo suele premiar la fortaleza mucho
antes que la sensibilidad.
La armadura nunca aparece de golpe.
No existe un día en el que alguien la entregue entre las manos.
Se construye lentamente.
Con frases que parecen inofensivas.
Esas frases que sin darnos cuenta se fueron instalando profundo en
las familias y las sociedades… se volvió costumbre, casi como
ritual… y se dicen siempre:
"Los hombres no lloran."
"Tienes que ser fuerte."
"No hagas drama."
"Compórtate como un hombre."
"Aguántate."
Cada una parece pequeña.
Pero, con los años, terminan formando una coraza tan pesada que
muchos olvidan cómo era vivir sin ella.
Lo más doloroso es que casi nunca ocurre por maldad.
Quienes enseñan esas frases suelen haber aprendido exactamente
lo mismo.
Padres que nunca pudieron llorar delante de sus hijos.
Abuelos que confundieron el silencio con dignidad.
Hombres buenos que hicieron todo lo posible por amar, aunque
nunca les enseñaron cómo expresar ese amor con palabras.
La armadura también se hereda.