Sombras en la Fortuna - Todos tenemos secretos
La lluvia caía sin piedad sobre la ciudad, convirtiendo las calles en un espejo resquebrajado de luces y sombras. En la colina, la imponente mansión Blackwood se alzaba contra el cielo nocturno, sus ventanas como ojos vacíos reflejando el resplandor de los relámpagos. Dentro de esas paredes, el destino de una familia, construido sobre un pacto de silencio, estaba a punto de hacerse añicos.
Nicholas Blackwood se encontraba en su estudio, un santuario de cuero viejo y madera tallada que ya no ofrecía consuelo. La copa de whisky a su lado estaba intacta; el alcohol ya no podía adormecer el miedo. En sus manos sostenía una carta, no tanto un papel sino el peso tangible de su conciencia. La había releído hasta que las palabras se convirtieron en un veredicto, una decisión final que le pesaba más que todo su imperio.
Su reflejo en el ventanal le devolvió la imagen de un rey en su castillo asediado. Estaba en peligro, sí, pero la amenaza no venía de fuera. La sentía en la frialdad educada de su esposa, en la ambición afilada en los ojos de sus hijos, en los susurros que morían abruptamente cuando él entraba en una habitación. Había cometido un pecado imperdonable para un hombre como él: había intentado corregir el pasado. Y su familia, que había prosperado gracias a sus errores, no iba a perdonárselo.
El leve clic de la cerradura de su estudio lo heló hasta los huesos. No fue un crujido de la casa, fue un sonido deliberado. Dejó la carta sobre el escritorio, junto a la copa, y se giró lentamente.
La figura que estaba en el umbral no era un extraño encapuchado. Era alguien de su propia sangre, alguien cuyos ojos conocía tan bien como los suyos. En esos ojos no había duda, solo una resolución fría que partió en dos el corazón de Nicholas.