TODO PARECÍA UN CHISTE - CUENTO

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TODO PARECÍA UN CHISTE

Era el año 1999 y cursábamos nuestro último año de bachillerato. Además, existía la creencia de que el mundo colapsaría por un fallo informático en el cambio del milenio; manifestábamos, a manera de broma y aceptación del destino, que éramos la "promoción del fin del mundo", lo que nos alentaba a comportarnos de manera intensa en cualquier acción que emprendiéramos. Ese año también se realizó la primera elección de personeros y concejos estudiantiles. Era un ejercicio serio que nos enseñaba a valorar la democracia participativa en el ambiente educativo. El personero, que es el cargo más importante, se escogía entre los grados undécimo de la institución, para lo cual debíamos escoger primero al representante de nuestro grupo. A mis mejores amigos y a mí, en realidad, poco nos interesaba el tema; lo veíamos como una pérdida de tiempo y un esfuerzo valioso en nuestro último año de colegio y, según las predicciones del efecto Y2K, nuestro último año con vida en el planeta. Eso fue hasta que el grupo en general propuso a la más acertada, inteligente, responsable y merecida candidata que podíamos tener. Sin embargo, era precisamente la chica que nuestro grupo de amigos más cercanos nunca aceptaría: le había negado su amor al más romántico empedernido de nosotros y ese detalle, en pleno fin del mundo, era imperdonable. Por lo tanto, nuestra salomónica decisión fue postular a El Primo.

El Primo era el personaje menos probable que un grupo pudiera proponer como candidato para un cargo tan significativo en una institución. Aunque nadie ponía en duda su inteligencia, audacia y simpatía, era conocido por ignorar varias normas básicas del colegio: llegaba tarde, salía de clases cuando él quería, no usaba medias y a veces ni ropa interior. Andaba con media camisa por fuera y la otra media dentro del pantalón, un solo cuaderno de cincuenta hojas que parecía un acordeón —donde llevaba todas las materias—

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