Amor propio y el derecho a tener libertad
¿Alguna vez has sentido que, a pesar de estar rodeado de gente o de cumplir con todas tus responsabilidades, hay una parte de ti que se siente profundamente sola? ¿O que vives en piloto automático, satisfaciendo las necesidades de los demás mientras tus propios deseos quedan relegados al último cajón de tus prioridades?
Si la respuesta es sí, no estás solo. La mayoría de nosotros hemos pasado gran parte de nuestra vida aprendiendo a ser “buenos”: buenos hijos, buenos amigos, empleados ejemplares o parejas atentas. En ese esfuerzo por encajar y ser validados, cometimos el error más silencioso y doloroso de todos: nos abandonamos a nosotros mismos.
¿Cuándo dejamos de ser nuestra prioridad?
El alejamiento de nuestra esencia no ocurre de la noche a la mañana. Es un proceso lento, hecho de pequeñas renuncias. Comienza cuando callamos lo que sentimos para no incomodar, cuando aceptamos planes que no nos apetecen por miedo al rechazo, o cuando permitimos que la voz de la autocrítica sea la única que resuene en nuestra cabeza. Sin darnos cuenta, construimos una casa hermosa para que otros la visiten, pero nosotros nos quedamos fuera, bajo la lluvia.
“Volver a mí” no es un destino al que se llega tras cruzar una línea de meta. Es el acto radical de decidir que tú también mereces el amor, la paciencia y el cuidado que tan generosamente ofreces al resto del mundo.
